Luego de casi tres meses fuera de nuestro terruño y después de unas no tan
breves vacaciones andando por México lindo, rompemos el silencio para
relatarles algo de nuestras primeras aventuras canadienses. Hemos llegado
como un par más de los muchos Working Holiday (WH) que pululan por esta ciudad.
Hemos elegido Toronto para empezar, bien instintivamente y sin mucho
conocimiento de lo que nos encontraríamos acá. Sólo algunas observaciones
previas en grupos virtuales sobre los flujos de chilenos que habían partido
últimamente, un par de conversaciones con ex Torontianos WH y mil días de duda bastaron
para tomar la decisión definitiva.
Después de la despedida de México y la celebración pre-cumpleañera con
los carnales mexicanos, amigos chilenos y hasta suegro incluido, viajamos al
fin a Canadá, con el peso del mezcal y la falta de sueño en nuestro cuerpo.
Este viajecillo incluyó una apasionante noche de tránsito entre ambos
cumpleaños bien dormida en los asientos del Aeropuerto Torontiano (sí,
arribamos el mismísimo día que se celebra el nacimiento de mi compañero y un
día antes del mío). Nosotros otrora expertos viajeros de nuestros acogedores
países latinoamericanos, de esos en los que sobrevives sin una reserva a las
dos de la mañana, nos quedamos en ensoñaciones Guanajuatenses y fuimos unos
verdaderos idiotas en estas nuevas tierras norteñas. Cargados hasta la tusa con
cinco maletotas, sin hostal, sin amigos, pero por suerte con unos larguísimos y
cómodos asientos esperando por nosotros. Desde aquí en adelante puro éxito y
mejora, sólo tres días de vagabundeo como ekekos sudacas fueron nuestra
penitencia para conseguir el lindo hogar que finalmente habitamos. Por los
amigos de nuestra matriarca ecoaldeana chilensis arribamos exitosamente en una
casa maravillosa, súper bien ubicada y bien barata. La dueña de la casa, hija
de chilenos exiliados viajaba a Chile el mismo día que llegamos por lo que sólo
tuvimos horas para conocerla. Nos dejó su casa y sus roommates: compartimos
piso con Orlando, un argentino de casi 60 años, medio artista, medio loco, que
gusta a veces de salir vestido a la calle como fémina. Para su performance toma
una buena cantidad de horas en el baño, inversión de tiempo que tiene un
resultado bien peculiar y mi envidia segura por alguna de sus prendas. Al
principio se avergonzaba de que nosotros lo viéramos por lo que no indagamos
mucho en las razones performáticas de la transformación. Pero luego de
unos días me pidió que le ayudara a subir el cierre de su apretado vestido
de cuero negro, lo que me parece un gran paso para nuestra confianza.
Orlando vive en Toronto hace muchísimos años, le gusta hablar, tiene buen
humor, es un tantito obsesivo y dirige una organización cultural de artistas
africanos y latinoamericanos. A las pocas semanas de llegados, nos invitó
a ser los cajeros cobra tickets en un festival de música que estaba
organizando. Tocó un grupo africano, un cantante brazuka, una chica canadiense
buenísima y otra chica bailó en tetas. Nuestro rol ahí era evitar
una lucha interracial y conflictos de dinero entre los africanos y
latinoamericanos. Según Orlando los africanos eran "medios vivos", pero los africanos no nos dieron
bola, no se acercaron a la caja y nosotros sólo miramos a Lucero
toda la noche que era quien realmente iba recibiendo al escaso público que
llegó al evento. Finalmente nos fuimos a casa felices con nuestro pago y
con saber que la guerra intercontinental no se había desatado. Lucero es
nuestra segunda roommate, que llegó a casa a suplir la mudanza de la chica rusa
que antes ocupaba su lugar. Es una mexicana requetechingonaza, ha vivido en un
montón de países, tiene millones de historias (entre documentales, viajes,
dibujos y pinturas) y dice que ya hace un rato no le gustan tanto los
canadienses.
La
casa está sobre una avenida súper-hiper-multicultural, a pasos
de barrios coreanos, italianos, portugueses, latinos y chinos, y también
de enormes parques que debe ser lo mejor que tiene esta ciudad.
También está el metro al frente, lo que es un verdadero lujo asiático, ya que
en caso de tormentas de nieve o frío extremo, sólo basta cruzar la calle para
entrar al paraíso calefaccionado. Dado que arribamos en septiembre, esto del
clima aún se encontraba en una etapa absolutamente mítica en nuestra
existencia. Los relatos de los locales nos informaban de fríos terribles, de
temperaturas de menos 40 grados, de meses de oscuridad, de autos que
chocaban y personas que se caían en la calle. Por el momento, mirábamos con
felicidad nuestros patines de cuchillitos esperando a que ese escenario
terrible llegara algún día para poder usar todo el arsenal de ropa que
habíamos comprado. Mientras tanto, disfrutábamos del sol radiante por encima de
nuestras cabezas (una de las curiosidades Torontianas es que esta ciudad tiene
300 días de sol en el año, con frío congelado pero sol, lo que hace que sus
habitantes sufran menos depresión que en la vecina, cálida y lluviosa
Vancouver).
Por último, la casa también está sobre un bar, arriba del más bullicioso y
prendido de todo Bloor Street, el cuál mi hombre frecuentó algunas veces para
hablar del posible trabajo que ahí le esperaba como cocinero. Sonaba como
la mejor idea del mundo, se imaginarán la cantidad de beneficios: cero gasto en
transporte, hablar inglés, tomar cerveza, conocer gente, disfrutar y no padecer
la música que durante los fines de semana realmente truena, entre otros. Pero
finalmente resultaron ser muy pocas horas y el trabajo de obrero sobre techos
canadienses comenzaba a ser demasiado lucrativo como para dejarlo. En fin, con
el nivel de actividades, de cansancio y con nuestros maravillosos tapones para
oídos, terminamos por olvidar que The Piston Bar vivía bajo nuestros
sueños.
Como ven, en Canadá la vida ha vuelto a retomar la rutina de sapiens
sedentarios: hemos abandonado el nomadismo viajero que acarreábamos desde la
desocupación masiva de nuestro departamento en Santiago, nos alimentamos mucho,
sano y bien. Ya no nos atacan enfermedades tercermundistas (salmonelosis
inicial en México City) ni tampoco padecemos de hedonismos capitalistas.
Disfrutamos austeramente de todas las comodidades que este Primer Mundo tan
generoso y extraño (para nosotros) nos ha querido regalar. Y como nuestras
necesidades son pocas, aquí en nuestro mini hogar sí que “chorrea” la
felicidad. Tenemos trabajo y casa en un asombroso tiempo record gracias a los
contactos de buenos amigos, a la suerte de principiante y a la tremenda
eficiencia de un equipo compuesto por dos virgos enamorados: a sólo tres días
de arribar en Canadá ya contábamos a nuestro haber con casa, bicicletas iguales
(heredadas de otros dos chilenos WH), teléfonos, números de Seguro Social,
cuenta bancaria y los dos únicos ¡Feliz Cumpleaños! que recibimos
en este país, justamente venidos de la funcionaria del Social Insurance y del
inmigrante asiático que nos dio la cuenta en el banco. Todo, por supuesto, bajo la políticamente correcta actitud
norteamericana, con un mesón entremedio, sin abrazos, ni apretón de manos.
También tenemos unas hermosas chaquetas y zapatos para el frío, la nieve y el
agua, patines para el hielo, un segundo lugar y el favoritismo del
público en un concurso de cueca en la Ramada de Don Chicho, una portada en el
diario latino junto a Roberto Carlos y una invitación a la Radio Ondas Hispanas
para quien escribe.